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Channel: VIVE EL BASKET CON EDUARDO BURGOS
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Carta de un padre de una jugadora del equipo cadete femenino de Adeba

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Mi estimado Eduardo:
Tras leer la crónica de la final cadete femenina, en la que hace gala de su moderación y buen hacer, quisiera exponerle algunas reflexiones y sentimientos.
  • Suelo (solía) ser de esos padres de jugadoras que gustaban de asistir a los prolegómenos de los partidos, en especial cuando se trataba de los rivales más fuertes, de charlar con los padres de jugadoras compañeras y rivales, entrenadores y demás. Suelo (solía) quedarme al final de los partidos a felicitar a las jugadoras propias y ajenas tanto si habían ganado como perdido; me he alegrado de corazón cuando jugadoras rivales han ganado en una competición porque sé que ha sido fruto del esfuerzo, del tesón y de sobreponerse a contratiempos y sinsabores. Esas enseñanzas perduran y otorgan una presencia de ánimo muy necesaria en el transcurso de la vida.
  • Esta temporada todo ha cambiado: ya no me hacen feliz los prolegómenos de los partidos, ni charlar con los otros padres o entrenadores, ni siquiera -y esto es lo que más siento- felicitar a los jugadoras. Entro en el pabellón justo antes del partido y me voy lo antes posible cuando termina. Probablemente el culpable sea yo, no voy a negarlo, porque me afecta más de lo que quiero reconocer el cambio que se ha producido en una afición -la maristeña- que ha pasado de sana rivalidad a una incomprensible agresividad que, lo reconozco, me hace daño. No sé el motivo, no sé si ha ido precedido de provocación, no sé de dónde viene ese ansia inaudita por la victoria, por ganar como sea, que (a mi entender) produce esa presión cuyos efectos se me hacen tan insoportables. Pienso que en en el deporte en general y en las categorías de formación en particular, la victoria ha de ser una consecuencia y no una finalidad; que los partidos de baloncesto son eso, partidos que juegan niños y adolescentes en edad escolar, no batallas que pelean legionarios del tercio de Ronda.
  • Yo también tuve mi época “hooligan” hace unos años, época que terminó de manera abrupta cuando mis hijas me dijeron que se avergonzaban de oírme gritar y que asustaba a sus compañeras. Con todo, reconozco que en ocasiones he elevado la voz cuando he visto mala fe en una cancha, ya sea de jugadoras, entrenadores o árbitros, pero han sido muy pocas, casi anecdóticas, y procuro que cada vez lo sean menos. Creo que debo señalarlo por no parecer ajeno a lo que ahora señalo como pernicioso, aunque precisando que jamás he insultado ni menospreciado a nadie.
  • Por eso no entiendo de dónde viene esa animadversión, por qué es tan importante una victoria si la alegría dura lo que la celebración: unos minutos u horas, por qué si el verdadero aprendizaje, el que hace mejorar y superarte jamás se extrae de la victoria pero sí de la derrota.
  • El equipo de mi hija menor ha vencido en su competición y ello no me ha hecho feliz.
  • No me ha hecho feliz porque ha ido precedido de un comportamiento incalificable de un grupo de jóvenes, encabezados por uno, que no es la primera vez, que se ha hartado de insultar a niñas, siendo él ya de edad adulta, al que su padre y madre presentes, unos señores encantadores a los que me precio de conocer, no han hecho lo más mínimo por moderar. Le juro Eduardo que si un hijo mío tiene el comportamiento de ese chaval, no vuelve a aparecer nunca más por una cancha. Se me escapa de mi entendimiento algo que justifique semejantes maneras. Mucho menos una final de baloncesto cadete femenino aunque sea su hermana menor la que juega en uno de los equipos.
  • No me ha hecho feliz porque el entrenador rival, provocado según usted, y probablemente con toda la razón, ha tenido unas maneras impropias de un educador, porque educador es al fin y al cabo y espejo en el que se miran sus educandas: jugadoras, insisto, en edad escolar. No comprendo como un tío fenomenal fuera de la pista como es el entrenador del equipo cadete femenino de Maristas, educado y simpático, al que tengo mucho cariño pues no en vano fue seleccionador de esta hija mía, puede transformarse de esa manera. No soy capaz de abarcar en mi mente la presión a la que tiene que estar sometido para que le haga explotar como una olla exprés, para que no deje de increpar a los árbitros cuando toman decisiones que no favorecen a su equipo, para que mande a empujones al banquillo o a mitad de la pista a jugadoras de su equipo o para que incurra en faltas técnicas con tanta frecuencia.
  • No me ha hecho feliz porque el entrenador de mi hija ha perdido una magnífica oportunidad para haber terminado la final de manera caballerosa; yo no habría pedido ese tiempo muerto, como así le he dicho. Del mismo modo que con el entrenador rival, el soportar insultos, presión o lo que sea no justifica tomarse ciertas revanchas con esas maneras. Al menos, el haber pedido disculpas -como usted señala- puede considerarse un atenuante.
  • No me ha hecho feliz porque el padre del muchacho que antes señalaba se ha tomado el susodicho tiempo muerto como una afrenta personal y se ha metido en un terreno que creo que no le compete, con unas maneras totalmente inadecuadas y con el consiguiente ejemplo negativo para todos aquellos, sobre todo los no adultos y sobre todo sus dos hijos, que lo han visto.
  • No me ha hecho feliz porque las jugadoras del equipo perdedor: lindas, buenas deportistas, encantadoras, maravillosas niñas, se han metido en el vestuario y no han querido saludarse con sus rivales hoy, compañeras en otras circunstancias. Suerte que al final se han saludado y todo ha quedado en nada, pero no entiendo qué clase de motivación les empuja a actuar de esa manera cuando yo sé perfectamente lo buenas deportistas que son y, a pesar de su juventud, lo curtidas en la competición que ya están.
  • No me ha hecho feliz porque creo que los árbitros no se merecen el trato que han recibido o que reciben, en términos generales. Soy de los que suelen estrecharles la mano y darles las gracias al final de los partidos porque soy consciente de que sin ellos no hay baloncesto. Sé que se equivocan, que tienen preferencias, que son subjetivos, pero seamos sinceros: todo abogado sabe cuando le toca un juez si suele ser proclive a fallar en favor de la causa que defiende o en contra porque como humanos que somos, somos subjetivos. Si un juez al que ampara una carrera universitaria, una feroz oposición de acceso y una serie de prerrogativas no puede ser objetivo, no parece procedente esperarlo de un árbitro al que ampara un curso, su experiencia y reuniones técnicas más o menos periódicas. Si queremos culpar a alguien de desvirtuar una competición es a quien designa a ese árbitro conociendo, como pueda conocerlas yo mismo, sus afinidades, nunca al árbitro que conforme arbitra según le dicta su corazón en realidad hace algo que le honra, del mismo modo que a usted le honra reconocer su sentimiento Marista, como hizo en pasadas fechas haciendo gala de una honestidad poco usual. Y por cierto, si un equipo es mejor que otro, los árbitros poco tienen que ver en el resultado final.
  • No me ha hecho feliz porque temo que esa tangana sin mayores consecuencias en la que han intervenido entrenadores, directivos y padres de ambos equipos incida en un mayor alejamiento entre ambos clubes. El baloncesto femenino cordobés se merece al Maristas de las grandes ocasiones: el que nunca da un partido por perdido, el que es generoso en la victoria y en la derrota; en definitiva el rival que me ha enamorado en tantas ocasiones y que este año tanto he echado de menos. No se me entienda mal, también se merece a El Carmen, Almanzor, La Carlota, Montilla, Addipacor, Puente Genil, Nueva Carteya, Espejo, Rute y tantos otros que han hecho y hacen por el baloncesto femenino, si me centro en Maristas es porque los hechos y sus efectos les atañen a ellos (y a mí, evidentemente), no por menospreciar a los demás.
Sin ánimo de corregirle y con el mayor de los afectos me despido añorando la alegría desbordante que para mí hubiera sido esta victoria si se hubiera podido celebrar con Maristas y no a pesar de Maristas. Es mi deseo recuperar para la próxima temporada las antiguas costumbres y sensaciones y mi corazón me dicta que si algo puedo hacer para conseguirlo, no debo dejarlo en el tintero. Por lo demás, les deseo a los dos equipos que disfruten y sean felices jugando al baloncesto en el próximo sector. Si encima ganan, regalo añadido.
Como ya he hecho en alguna otra ocasión, le doy mi expreso permiso para que publique o no esta carta, completa o extractada según su criterio, pues en mi ánimo solo estaba el hacerle partícipe de estas reflexiones como asistente que ha sido al partido de la pasada noche... y la longitud sobrepasa con mucho el máximo permitido para los comentarios.
Reciba un cordial abrazo.
Francisco José Ruiz Campos (Padre de Natalia Ruiz)

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